Comunicación — Watzlawick
- Rosario Lopez
- 30 juin
- 2 min de lecture

En los años 60, Paul Watzlawick planteó cinco axiomas fundamentales sobre la comunicación humana. Entre ellos, hay tres ideas que, aunque parezcan evidentes, tienen consecuencias enormes en nuestra vida cotidiana:
· Es imposible no comunicarse.
· Toda comunicación tiene un nivel de contenido y un nivel de relación. La forma en que decimos algo también comunica y muchas veces define cómo será recibido el mensaje.
· La comunicación tiene una dimensión verbal y otra no verbal. Nuestras palabras dicen algo, pero nuestros gestos, nuestro tono y nuestra actitud también hablan.
Estamos comunicando todo el tiempo. Incluso cuando decidimos callar, estamos comunicando algo. Y aunque muchas veces creemos que el problema está en qué estamos diciendo, en realidad gran parte del impacto está en cómo lo decimos y en qué lugar dejamos al otro dentro de la relación.
Porque una conversación no ocurre solamente entre dos ideas. Ocurre entre dos personas.
¿Cuántas veces estás convencido de tener razón y, sin darte cuenta, al defender tu punto de vista terminás haciendo sentir al otro menospreciado, atacado o no escuchado?
¿Cuántas veces, por ganar una discusión, terminás perdiendo un poco del vínculo?
¿Cuántas veces la necesidad de que el otro entienda tu perspectiva termina siendo más importante que cuidar la manera en que se lo transmitís?
Y ahí aparece una pregunta importante:
¿Qué es más valioso en ese momento: demostrar que tengo razón o preservar la relación con esa persona?
Porque muchas veces creemos que somos “espontáneos” cuando expresamos nuestro enojo con gestos o actitudes: poner los ojos en blanco, suspirar con fastidio, levantar la mano para cortar una conversación, mirar con desprecio o responder de manera fría y distante. Pero la espontaneidad no siempre es sinónimo de autenticidad. A veces también puede ser una forma de descargar algo propio sobre el otro.
Si la intención es romper el vínculo, entonces quizás esas formas de comunicación tengan sentido. Pero si la relación importa —con un hijo, con un padre, con una pareja o con alguien querido— vale la pena preguntarse si el mensaje que queremos transmitir justifica el daño que podemos generar en el vínculo.
Quizás valga la pena detenerte a observar no solamente tus palabras, sino también todo aquello que comunicás más allá de ellas.
Porque quizás la pregunta más importante no sea: “¿Tengo razón?” sino:
“¿La manera en que estoy comunicando esto construye o la empeora?”






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